lunes, 31 de diciembre de 2012

Año nuevo, ¿vida igual?



Fumando el último cigarro del 2012, decidí hacerlo en compañía de quienes tienen la paciencia de leer el cúmulo de pensamientos que cruzan mi mente en su TL casi todos los días. A ustedes, gracias por leer mi locura y por darme la certeza de que están ahí, conmigo siempre en la distancia.

Nunca he sido partidaria de hacer propósitos de año nuevo. La sola idea de creer que una vuelta más del planeta en torno al Sol va a traer cosas nuevas a nuestras vidas me parece no sólo cursi, si no vacía. Cambiar un número en la fecha no significa en sí nada y no tiene poder alguno sobre lo que sucederá en el transcurso de un año más.

Suelo normalmente burlarme de quien hace propósitos de año nuevo. No puedo evitar pensar:"güey, podrá ser otro año, pero tú sigues siendo el mismo, así que deja de hacerte chaquetas mentales de que algo va a cambiar sólo porque inicia un nuevo año".

Y así, en estos días de vacaciones, en donde mis actividades se han limitado a pernoctar por mi cuarto, que mi tío abuelo describe como el cuarto de una monjita, he tenido tiempo de analizar mi 2012.

Este año no trajo nada. Yo generé miles de cambios. Y con esos cambios, vinieron lecciones.
Este año aprendí el valor de saberse amado. Mis alumnos me enseñaron eso. Y ese amor, me dio valor para independizarme de mi familia. El proceso de vivir sola me trajo lecciones de todos tamaños, de todos sabores, desde las más dulces, como cobrar la quincena y pagar la renta e invitarme a comer yo solita, hasta las más amargas, como no tener ni un peso en la cartera y que falten diez días para el día de pago.Y ahí, redescrubrir el valor de la amistad. 

Las lecciones que aprendí este año, van desde entender que no me pasa nada si un mes entero mi teléfono no suena con mi madre al otro lado, o mi hermana, o alguien de aquellos a quienes yo consideraba mis incondicionales. No pasa nada y el teléfono puede sonar siempre, con la voz de un amigo a distancia o cerca, para saber cómo estoy. Entender que el dinero y mi auto, y las cosas materiales van y vienen y no representan la seguridad que siempre creí, porque tengo algo mucho más importantes que eso. Me tengo a mí.

Esas lecciones además de invaluables, han sido hermosas. Si el treinta y uno de diciembre del año pasado alguien me hubiera dicho que el próximo treinta y uno estaría sentada en mi propia casa escribiendo algo que sé, muchas personas van a leer, no lo hubiera creído. No puedo evitar sentir algo de ilusión al pensar dónde estaré el próximo treinta y uno, y haciendo qué, pero sé de cierto, que me gustaría que ustedes lo supieran conmigo.

Mi deseo para ustedes no es que esperen cosas maravillosas para el siguiente año, si no que no olviden las lecciones que aprendieron en éste. Porque seguramente, son piezas del rompecabezas que necesitarán para seguir dando forma a su vida.

Enfrentar la vida con la maleta llena de experiencias, hermosas y no, conscientes de que el día a día es la suma de lo sublime y lo sucio, de la felicidad y el dolor, en plena aceptación de que habrá de todo y todo podremos enfrentarlo, es una actitud ante un nuevo ciclo que me gusta y deseo para todos a quienes quiero, admiro y agradezco compartir con, este espacio. 

Hasta el próximo año, queridos.

Con amor:

Lorenza Torrres.



martes, 11 de diciembre de 2012

No me odies por ser linda. O policía. O algo

      


Mi fiesta de fin de año de la academia para la que laboro fue apenas este fin de semana. La razón de la premura: Chris, un teacher de Blackpool, Inglaterra regresa este viernes a su terruño. Por dos años, fue el maestro más reservado. Fue el único de los muchos extranjeros que laboran ahí que jamás quiso aprender Español. Nunca tomó clases. 
Yo tengo la política de hablar en Español a todos mis colegas porque viven aquí. Si no dominan el idioma, no es mi problema; por ende, no tuve una relación con Chris fuera de las juntas de planeación donde la lingua franca es el Inglés.
Ahí me di cuenta de lo profesional que era y cuánto amaba su trabajo. Pero esos breves contactos no mostraron jamás cuánto significaba de verdad para él ser profesor, hasta este sábado, cuando en plena cena navideña, tomó el micrófono y para sorpresa de todos, dio un discurso. 
 La pieza de oratoria, inteligente, bien planeada, divertida y emotiva, desnudó la transformación de un joven tímido, con cierta baja autoestima, quien depositaba su seguridad en conducir un auto deportivo y quien confiesa, temía enormemente al fracaso, en un hombre seguro de sí, pleno, consciente del valor de las "cosas pequeñas", como cuidar de alguien en la enfermedad, o eso de empeñar la palabra. 
En México, él había aprendido a ser cuidado, valorado por quien era y a recibir invitaciones de los alumnos sin tener que soltar ni un centavo jamás, porque había sido invitado. Estaba profundamente agradecido con la vida por su transformación, por la aventura y viaje de convertirse en un nuevo él, alguien para quien andar en camiones con nada más que su bolsa llena de libros y dinámicas al hombro, era más que suficente, porque era alguien nuevo y ciertamente mejor. Varias veces su voz se quebró y sus ojos se llenaron de lágrimas. Varios de nosotros lo acompañamos desde nuestros lugares, tratando discretamente de que nadie más notara que llorábamos también.


 No creo que nadie llorara porque fuera a extrañarle, él ni hablaba con nadie. Era más bien, una pasión compartida. Para mí, dar clases había significado tanto o más. Ese lugar privilegiado ante quien ignora y desea saber algo porque lo necesita, abre la puerta recibir el regalo más grande que yo he tenido la bendición de obtener: ser reconocida, aceptada, respetada y amada por alguien más. Debería ser simple, todos debríamos tener eso desde que nacemos, pero para mí, dar clases me permitió conquistar por primera vez en mi vida ese espacio que nunca, ni en mi casa o familia,había tenido: respeto, admiración, aceptación. 
Y eso, me había dado el valor para irme de mi casa, pagar una terapia para sanar mis relaciones, obtener un trabajo en una prestigidada universidad, cambiar de look y pasar de ser "la hermana perdedora de Cenicienta", (como me decía mi ex novio) a ser la mujer que nunca hace fila en el café o en el cajero, si los que me preceden son hombres. 

 Y mientras el vino tinto fluía, y todos nos veíamos con esa complicidad de saber por qué llorábamos mientras Chris desnudaba su alma, pensé en nuestros policías y granaderos mexicanos. 

 ¿Qué significa para un mexicano que por decisión o por falta de otra opción se une a nuestra "fuerza pública"? ¿Qué transformación sufre? ¿Qué encuentra a lo largo de su paso por la academia de policía? ¿Qué encuentra al final de ese viaje? 

 Creo que todos recordamos el caso de las "Ladies de Polanco" ¿Cuántos casos del estilo enfrentan nuestros policías todos los días, sin la suerte de que se capte en una cámara? 
En el marco del 1 de Diciembre, donde se ha probado, se hicieron detenciones arbitrarias, hubo casos "de abuso de la fuerza".... ¿hasta dónde está golpeando a los manifestantes "la fuerza del Estado";  y hasta dónde son Luis, Paco, Alejandro, Pepe, Toño, los que están enfrentando a una masa de personas enojadas lanzando piedras, insultos y consignas de las que ellos, muy probablemente no tengan idea? 

 Como sociedad, como nación, como Estado... ¿qué hemos hecho de la tarea del guardar el orden público? ¿Representa esta labor, además de un modus vivendi el viaje que para Chris y para mí ha representado ser profesores de Inglés? Más allá de las remuneraciones económicas, porque ser probesor no es una mina de recursos monetarios, como bien lo dice Carlos Kasuga, el sueldo moral de la labor de policía, de un granadero, de un soldado ... ¿cuál es?

 Me parece, que es buen momento de plantear un esquema de entrenamiento y formación para nuestros cuerpos de seguridad. Pienso que el día que personas plenas, felices y satisfechas de su labor enfrenten manifestantes, la violencia y el abuso podrían disminuir, en una de esas... desaparecer.

viernes, 7 de diciembre de 2012

¿Me da un peso pa' mi Teletón?


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Recuerdo que el primer Teletón  yo tenía doce años. Recuerdo que no fui a los sabatinos de la secundaria porque era 12 de Diciembre y era "día de guardar". Sonó el teléfono como a las once de la mañana, mientras yo yacía en mi cama con mis gatos.

Con la molestia inherente a levantarse, respondí el teléfono d'esos de ruedita. Al otro lado de la línea, mi mamá desde su oficina para decirme dos cosas: 



-"¡Lore, está nevando! ¡Sal a ver la nieve! ¿Estás viendo el Teletón?"



Yo, como buena adolescente, la juzgué de loca y sólo le dije : 



"-Mjm, qué frío. Ahorita le prendo a la tele. No llegues tarde a comer. Bye"



Colgué el teléfono y me fui a dormir. Siempre he odidado ver la tele. Así que qué flojera ponerme a ver esa cosa que ni entendía qué era y que sólo hacía Don Francisco y así.

Y efectivamente, ese día mi madre no llegó tarde. Mal llegó a la casa y prendió la televisión. Y el formato de un estudio con gente ahí se me hizo de lo más aburrido. Ordenamos pizza de Domino's porque era la que estaba donando al Teletón. Fuimos esa tarde a comprar el colchón el sobre el cual dormí todos los años que viví en su casa en Dormimundo, porque todo lo vendido ese día se iba al Teletón y compramos botiquines de las Farmacias del Ahorro que ni necesitábamos, pero el chiste era ayudar.

Mi cuñado, que en ese entonces trabajaba en no sé qué área de sistemas en el banco oficial del Teletón, no estuvo ni todo el día, ni toda la noche, ni toda la noche siguiente en su casa, por lo que tuvimos a bien ir a dormir a casa de mi hermana quien por aquellos ayeres era madre primeriza de mi sobrino mayor y pues no se los fuera a comer algún dragón o algo a ella y a la criatura mientras mi cuñado resolvía las miles de broncas que conlleva un evento de esta magnitud ¿verdad?

Desde la grotesca y grande televisión en casa de mi hermana vi por primera vez llorar a Lucerito pidiéndonos donar. Y a Chabelo arrodillarse. Y todas las historias que nos tenían a las tres mujeres de mi familia, llorando como Magdalenas y agradecidísimas con la vida porque mi sobrino, aunque estaba bien pinche feo y tenía orejas de duende, pues por lo menos estaba enterito. Y bueno, ahí nos tienen a las tres comiendo todo tipo de porquerías, (bueno, a mi mamá y a mí porque mi hermana desde siempre ha temido ser gorda y no come nada), para controlar la angustia de ver el reloj correr y la cuenta no subir y bueno, en un ataque desesperado, cargarle más a la tarjeta de crédito porque si no donábamos nunca lo íbamos a lograr y así. 

Y a media noche, la fiesta: ¡lo logramos! y todos se abrazan en la tele  y las tres lelas de nosotras también y... la emoción, el sentimiento, esa adrenalina de pensar en un país con cientos de historias tristes, tristísimas que se conmueve ante ellas y les dice: " no están solos". 
Pese a los gobiernos, pese a la ignorancia, pese a la pobreza, México le dice hoy a todos esos problemas:

 "con México, se la Pérez-Prado, fíjense, porque nuestro corazón es más grande que todos ustedes juntos".

Así inició el primer Teletón para mí. En medio de fenómeno natural que jamás se ha repetido en mi rancho: la nieve. Enmarcado por el trabajo de un hombre honesto como es mi cuñado, que por algunos años, hasta su asceso de puesto, no durmió cada Teletón. Y coronado por el sentimiento de una nación de la que sí me puedo sentir orgullosa. Cada vez que tengo ganas de pensar que México no vale la pena, veo el corazoncito que cuelga del espejo retrovisor de mi coche como recodatorio de lo mejor que tiene México: su gente.

¿Tengo que incluír que he boteado año tras año desde entonces? Y que al "no me gusta cómo manipulan las emociones" sólo digo: pues qué país tan mezquino que necesita esas manipulaciones. Deberías donar sólo por el hecho de que alguien, muchos alguienes están haciendo mucho más que tú con sólo estar criticando.

Y la supuesta evasión fiscal, (que ni cierta es, por cierto) y si lo fuera... ¿Están los centros o no? ¿Es la fundación Teletón pionero en América Latina en tratamiento de Cáncer y Capacidades Diferentes o no? 
¿Es una muestra de que no todo lo tiene que venir a hacer el gobierno o no? ¿Existe en México una cultura de respeto hacia las personas con capacidades diferentes o no?

Bueno, pues todo eso gracias a personas que como yo, [inserte aquí su adjetivo calificativo predilecto],  decidimos libremente gastar el dinero que ganamos en el Teletón.

Y la última... si el Teletón dejara de exisitir porque "los razonamientos y la información" pudieran más ... ¿quién o cómo se van a atender y a resolver los problemas que Fundación Teletón atiende?

Si alguien me dice cómo y quién, yo les doy mi donativo.



Yo, con mis alumnis del Sábado anterior <3

viernes, 30 de noviembre de 2012

Terminó el sexenio. Mi primera vez

A petición de mi héroe del día: Re



Empezó hace seis años en Julio. Vivía yo entonces en Ixtapa. Guerrero es un estado amarillo, Guanajuato en ese entonces era más azul que ahora. Las recomendaciones de los locales a todo el equipo de León que radicábamos allá fue:"váyanse, porque si no gana López Obrador, no sabemos cómo se pueda poner".

Sin hacer caso, fuimos a buscar la casilla de turistas para votar. No fue la excepción: pocas boletas, filas, horas, turnos, miedo de no poder votar. Pero a mis veinte años y sin haber votado nunca en una elección federal, mis entrañas decían: "voy a votar, pase lo que pase, no importa lo que tenga qué hacer, voy a votar por Felipe Calderón".

Después de ocho horas bajo el rayo del Sol de Ixtapa, crucé con la mano temblorosa de emoción, no de duda, las siglas del partido que para mí lo representaba todo. Crucé el nombre del hombre que se había opuesto a Fox y sus abusos a la vida interior del partido, queriendo imponernos a Creel. Crucé: "Felipe Calderón Hinojosa". Crucé la esperanza de un México ordenado, libre de corrupción, industrioso, pujante, justo, libre de expresarse. Crucé la promesa de las oportunidades para los jóvenes de empleo. Le di mi voto, le di mi confianza, le di mi bendición.

Regresé al cuarto en el que vivía. Sin televisión. Dormí tranquila, cansada, con la piel ardiendo por las quemaduras del sol. 
Desperté con la noticia en la cocina: Felipe era presidente. Mi alma sintió un alivio. Y me puse a trabajar.

A lo largo de los seis años, fui testigo de sus decisiones valentonas. Del rechazo a algunas de sus políticas públicas. De las críticas a la crisis de seguridad que el país presentaba. Escuché, di la razón a muchos de sus críticos en cuanto a replantear rumbo en ese combate frontal al narcotráfico.

Para mí, finaliza el sexenio en que jamás he estado sin empleo y mi mejor amigo ha rechazado cuatro. Finaliza el sexenio en que la libertad de expresión me permitió ir a San Lázaro a impulsar ReformaPolíticaYa en plena libertad. El sexenio en que puedo vivir sola y solventarme aún sin ejercer mi profesión. 
Termina el sexenio en que el esposo de Martina, la señora quien nos hacía el favor de limpiar la fábrica donde trabajé alguna vez, fue operado completamente gratis de una severa condición cardiaca.
Termina el sexenio de los PanAmericanos en México. Termina el sexenio donde dos de nuestros coolaboradores en Torreón murieron, víctimas de un fuego cruzado. Termina también la amenaza bajo la que vivían mis primos, comerciantes de papas, quienes fueron por muchos años víctimas de extorsión y pagaron cuotas. 

Hay quienes dicen que el mejor indicador del fracaso de Felipe fue "no mantener la presidencia en las manos del PAN". Yo difiero. Sé que hay teorías electoreras que dicen que los electores reeligen o castigan los buenos gobiernos y por ende, el de Felipe fue malo, porque AN no sostuvo la presidencia. Yo a eso le llamo príismo y para mí es una clara señal de que Felipe ejerció un gobierno donde sin importar las consecuencias en las urnas, hizo lo que mejor consideró. Eso es un líder. Su decisión tal vez fue desafortunada, costó vidas, costó la alternancia. Pero justamente eso, la alternancia, es para mí un buen síntoma de democracia y de un gobierno que se ejerce con convicción.

No existen los gobiernos perfectos ni las responsabilidades absolutas sobre los gobiernos federales. Los estados rojos son para mí los grandes deudores de este sexenio, no Felipe.

Así que, haciendo memoria de aquello que esperaba cuando voté hace seis años por Felipe, le digo con una enorme sonrisa:

Felipe, nada me debes. Felipe, estamos en paz.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Italian Coffee vs Starbucks

No sé desde cuándo llegó la franquicia americana a mi rancho. Yo la conocí en su ciudad natal, Seattle WA, pero no la probé ahí porque el dueño había vendido el equipo local los "Sonics" a no sé quién que a su vez había vendido el equipo a otro fulano y pues los seatlitas se habían quedado sin equipo de basquetball y andaban poquis enojados ¿verdad?, así que, mi entonces novio, casi, casi marido, no consumía Starbucks y pues yo, menos.

Luego, en clase de "Tendencias Mundiales de Negocios Alimentarios" o algo así que llevé en la universidad, analizamos la franquicia y sus orígenes y cómo un gringo se fue un día a Italia de vacaciones y dijo: "ay, como que quiero poner un café" y es así que hoy pedimos "caramel macchiato" y esas monstrosidades lingüísticas producto de la mezcolanza entre el Inglés y el Italiano.
Y bueno, cómo fue personalizando el servicio, cómo fue aprovechando eso de que su personal era bien güenagente y se aprendía el nombre de los clientes o les daban gusto, que poniéndole la leche deslactosada para que no se anduvieran pedorreando todo el día y así. Lo hizo estándar y ¡bum! a casi todo mundo le ponen el nombre en su vaso hoy en día (menos a mí, porque las del Starbucks cerca de la universidad donde doy clases no me quieren, las muy feítas) y los vegetarianos pueden tomar capuccinos porque se los pueden hacer de lechita de soya.

A la vuelta de veintitantos años, Starbucks es una de las franquicias con mayor prenetación en el mercado internacional en el rubro de bebidas y que, curiosamente, vende de todo, menos bebidas.
No sé bien qué venda en otros países, pero en México, percibo claramente que vende estatus.

Cuando llegó la moda al rancho, yo la verdad que ni me paraba en esas tiendas. Me daba una hueva inmensa hacer fila, como si fuera uno a las tortillas, pagar y luego irse a sentar a beberse un café muy caro y nada bueno. Prefería ir a mi cafecito llamado "Azúcar y Canela" donde el dueño era la cosa más tierna del mundo, me recibía con beso en cada mejilla y todo. Y luego llegaba Alán, mi meserito de quince años que trabajaba por las tardes para ayudarse con los gastos de la escuela, a llevarme la carta y todo eso. Qué maravilla saborear un café en una tacita de porcelana con gatitos y sentarse en una mesa con mantelito individual.

Al año de la llegada de Starbucks al rancho, mi café desapareció. Una razón más para odiar la franquicia esa de gente snob.

Pero ya ven que dicen que cae más pronto un hablador que un cojo. Y cambié de chamba. Y lo único cerca  para ver a mis amigas y con internet "gratis" (léase, prorrateado en el precio de la bebida) era el famoso Starbucks.
El primer "caramel macciato" que pedí lo tiré entero a la basura dicendo en voz alta: "con razón los pinches gringos son unos obesos, esto me va a dar un coma diabético".
Mis amigas, niñas "bien de toda la vida", morían de vergüenza y hasta un:"hay que sacarte a pasear más seguido" me gané.
Aprendí que lo menos jodido era pedir el café del día o un té de menta para poder estar ahí con ellas. O sea, yo voy a Starbucks por convivir, pues.

Desde que vivo en el centro de la ciudad y no tengo carro, mis opciones se limitan a lo que hay por aquí. Un día, después de correr, la plaza olía delicioso a café. Era un Italian Coffee que nunca había visto. 
Entré en la tienda y lo primero que leí fue: "no se reciben tarjetas de crédito o débito". La neta, me cayó como patada en los bajos, porque moría de antojo y tuve que caminar como millones de cuadras (2) al cajero más cercano para poder pagar en efectivo mi café.
Me sorprendió el precio. La mitad que Starbucks. ¡Y también tenían leche deslactosada y canderel y splenda y todo! ¡¡Y HASTA APOYAN AL TELETÓN!!
Juré no volver a comprar Starbucks hasta que intenté cerrar mi vasito portable y me metí unos sendos quemones en las manos porque está en chino cerrarlo, entonces el café se derramaba y me batí toda y me enojé y dije: "con razón se los llevan de calle. Sin aceptar plásticos y con estos vasillos ¿cómo?" Y luego, entré al baño y observé las paredes sucias, la taza con sarro y dije: "así no, adiós para siempre" (o ¿cómo era?)

Hoy, paseando con mi madre por el centro, (lo menciono porque es digno de presumirse en estos momentos de mi vida), la invité a un café. No lo tomamos para llevar. El día que yo lo había comprado, la tienda estaba completamente sola. Hoy, estaba a reventar. Y ahí estaba la respuesta a las paredes sucias y los sillones maltratados. Los usuarios. 
El precio atrae a otro mercado. Familias enteras con niños que suben los pies a los sillones, que embarran de mugre las paredes, que usan mucho más el baño... pero, mucho más allá de irritarme, sentí una profunda alegría al ver al México del día a día tomando café en familia.

Entre las muchas historias que observé, sólo les comparto una:

Una pareja de edad MUY, MUY avanzada que puedes deducir al verlos, su actividad es la pepena de basura. La cubeta llena de cosas al lado lo grita. Pero es domingo. Y están sentados a la mesa del café, con sus casi ochenta años encima, con su sonrisa sin dientes y la alegría en su mirada mientras su plática fluye.
Contaban las monedas en la mesa para pagar dos americanos y un trozo de pastel.
Alguien, (a mí ni me pinches vean) pagó su cuenta.

Por la oportunidad de ver los muchos Méxicos, seguiré tomando Italian Coffee, aunque sus vasos portables sean una porquería, sus baños no sean inmaculados y no tengan terminal.

Fortalezas

Hace un par de días aprendí la diferencia entre un palacio y un castillo. Por definición, el primero es una construcción suntosa para que un rey, sultán, gobernante "uloquesea" habite. Un castillo, por otro lado, es una fortaleza. Una estructura de tamaño y diseño tal que permita a los habitantes de alguna población resguardarse en caso de ataque.

Cuando lo leí al preparar mi clase de un nivel que nunca había impartido, no me hizo ruido. Pero, al paso de los días, entendí esa tendencia humana de refugiarse que nos ha acompañado a lo largo de la Historia.

Hoy nos rodeamos de ellas. Ahorramos para el futuro, tenemos automóviles que nos refugian, que nos protegen. Nos rodeamos de amigos. Formamos familias. Estudiamos, persiguiendo un título universitario, un estatus de postgrado que nos refugie. Muy en el fondo, tenemos un miedo casi nato, casi institivo, un miedo fantasma, indefinido, pero presente, que nos lleva a rodearnos de cosas que nos representen seguridad.

Y el día que desaparecen... sufrimos. No sólo por el cambio de vida que representan, si no por la falla en el sistema de pensamiento y actuar que representan. Así bien, el día que renuncias al estatus de ser "Licenciado en Quesadillas I,II y III" y comienzas a explorar nuevas opciones de vida, o el día que a tu carro se le ocurre no prender y no estar listo ni por error en la fecha acordada, la realidad de tu vulnerabilidad humana te da un sartenazo en la cara: sigues siendo polvo y en polvo te convertirás.

Formamos fortalezas emocionales también. Inventamos la independencia. Esa cualidad loable de ser "in" independiente y no necesitar de nadie que venga a rescatarnos la vida. Yacemos confiados en el set de habilidades aprendidas, adquiridas con la educación universitaria o de casa para creer que podemos solos. Que el amor y esas cosas siempre pueden llegar algún día, pero que mientras tanto, contamos con nosotros mismos para encarar el día a día, el reto del trabajo cotidiano, escapar de la rutina, encontrar la paz interior, la felicidad en las cosas pequeñas y ser suficientes. Me basto a mí misma. ¿Lo ves? Me basto. Puedes irte o quedarte. Seguro te extrañaré, pero me quedo yo. Me quedan mis amigos, mi familia, mi trabajo, mi talento, mi currículum, mi éxito profesional, mi capacidad de reinventarme, mis fologüers en tuíter y una larga lista de etcéteras que construyen la fortaleza que todos los autores de superación personal definen como saludable y deseable.

Y así, armados con todo aquello que creemos, nos hace fuertes, enfretamos el reto de vivir. Ya saben, eso de salir a corretear la chuleta para algo. Para comprar, viajar, comer, seguir estudiando, aprender más cosas, asentarse ... formar una sociedad más justa, una ciudad pujante, una patria ordenada... un mundo mejor.

Pero ¿de qué o quién nos refugiamos? ¿alguien tiene el nombre y apellido del miedo que nos lleva a la búsqueda de todo lo que somos y tenemos?

Habrá quién diga que no es miedo. Que es el instito humano de subsistencia, la ambición inherente a un ser pensante, la necesidad social y política de la condición humana lo que nos lleva a rodearnos de cosas, afectos, conocimientos y rutinas. Y que es parte del apego natural sufrir cuando se pierden.
 Y yo digo que sí es miedo. Que necesitamos las fortalezas porque nos sentimos débiles. Que hay una percepción implantada en nuestro cerebro que nos genera sentimientos de pequeñez. De vulnerabilidad. De soledad. Y entonces, me hago grande sabiendo cosas. Y fuerte, ganando dinero, teniendo amigos, formando una familia, comprando cosas caras que me dan estatus.

Pero, el día que se van, el día que se pierden, que fallan, que se descomponen, el día que tu pareja decide que ya no empata contigo y al mes emmpata con alguien, el día que tu jefe se pone en su plan que lo haces todo mal, el día que tus fortalezas se van... quedas tú, sangre, agua, huesos y fluídos de cara a la realidad: eres débil, estás solo y nada de lo que construíste, adquiriste o leíste, está ahí para cambiar tu condición.

Y ese día descubres que tu fortaleza más fuerte es saberte débil. Aceptar que todo puede irse, fallar, descomponerse, perderse y que aún así, quedaste tú.
Tú, con todo tu todo. Con los ojos para ver hacia nuevos caminos. Tú, con tu sonrisa, ese mágico instrumento que abre todas las puertas. Tú, con tu voz para pedir ayuda a quien quiera dártela. Tú, con tus oídos, para escuchar aquello que la vida quiera enseñarte. Tú, con tus manos abiertas a crear, a recibir, a compartir, a ayudar a quien te encuentres. Tú, con tu corazón lleno de esperanza y fuerza. Ese día aprendes que tu cuerpo es un palacio donde habita un rey. Y ése, no necesita fortalezas.


domingo, 26 de agosto de 2012

Y es que yo así no puedo

Tener roomies es interesante. Te hace darte cuenta de cómo viven otros su día a día. Y no es que me interese en realidad cómo viven otros, es más que me hace compararme con ellos y asombrarme de cómo sistematizan sus vidas. Y me ha hecho consciente de mi propio sistema. O mucho mejor dicho, de mi falta total de sistema.

Tener quién compre todo por ti, aunque sea con tu propio dinero, es una forma cómoda de vida. Así fue mi vida hasta hace unas semanas. Podría parecer que no entiendo el valor monetario de las cosas, pero no es así.  Muy por el contrario, vivir sola me hizo darme cuenta del costoso estilo de vida que mi madre lleva y al que de un modo, me arrastraba.

Un día, platicando con un roomie, me decía cómo programa sus gastos. Me mostró sus listas de cosas pendientes, lo que iba a comprar en qué quincena, cuándo manda su ropa a la lavandería, cuándo manda a bolear sus zapatos... todo perfectamente calendarizado. Es más, le pone cuadritos a sus listas y va palomeando lo que va haciendo, de ese modo, garantiza que nada se le olvide y siempre tiene todo al corriente y en perfecto orden.  Sonreí y le dije que me parecía que eso de ser organizado era mucho trabajo. Se encongió de hombros y desnucadoramente me dijo: "ser desordenado implica mucho más trabajo".

Me vine a mi cuarto, sienténdome la persona más desordenada y culpable del mundo. Prendí el boiler, rezando a todos los santos que conocía para que no explotara, porque eso de prender el boiler es una experiencia completamente nueva para su servidora y me metí a bañar. Me percaté entonces que mi shampoo estaba próximo a terminarse y sabía perfecto que no iban a ser ni cien ni doscientos ni trescientos pesos lo que me iba a costar reemplazarlo. Mientras me bañaba, pensé que sería una buena idea comenzar a hacer presupuestos sobre mis cigarros, el shampoo, el desodorante, la crema de contorno de ojos que me cuesta una forutna y así como mi roomie, tener listas programadas para comprar lo necesario en cada quincena.

Salí de la ducha y me quedé pensando. Me quedé sólo sentada en la cama pensando. Tenía toda la intención de hacer listas, pero no tenía agenda, ni calendario, ni post its ni nada de esas cosas que polulan en el organizado escritorio de mi roomie. Pensé que tenía el aipad. Ahí hay calendario. Luego pensé que sólo la prendo para tuitear o usar mis flashcards en clase y que seguramente, nunca revisaría la agenda. Y luego vi el reloj y era tarde para irme a trabajar.

Pasaron los días y mi coche se descompuso. Y todo mi dinero se fue en dar el adelanto para que esté más rápido. Me di cuenta que tenía un algo de dinero ahorrado y que si no fuera por el carísimo tratamiento de riñones que estoy pagando, las visitas a la psicóloga que están por concluír, (porque no estarán pensando que me salí de mi casa sin ayuda profesional ¿verdad?) y el dinero que tuve que invertir en ropa formal, habría podido comprar sin problemas mi shampoo y pagar la reparación.

Entonces me di cuenta que no necesito listas. Que vivir sin sistema es mi sistema. Y me funciona. Y me funciona muy bien